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237. Cómo se ha de amar al cuerpo (Séneca)

Confieso que es natural en nosotros el amor a nuestro cuerpo; confieso que lo tenemos en tutela; no le niego indulgencia, pero sí niego que le seamos esclavos.

Convengo en que se le ha de cuidar, pero a condición de abandonarle al fuego, cuando así lo pidan la razón, la dignidad y la fe.

Séneca trata un tema interesante en esta carta. Más aún cuando este proyecto trata sobre entrenamiento y alimentación, dicho de forma llana: cuidar el cuerpo. ¿Cuánto es demasiado? Lógicamente la forma de pensar de hace 2.000 años es diferente, pero si nos valen muchas de sus enseñanzas también reflexionaría sobre este asunto.

También trata el tema de la responsabilidad de uno mismo con la salud de su cuerpo. En otro contexto, pero la idea de fondo es aplicable perfectamente.


Confieso que es natural en nosotros el amor a nuestro cuerpo; confieso que lo tenemos en tutela; no le niego indulgencia, pero sí niego que le seamos esclavos. A muchos servirá, el que se hace esclavo de su cuerpo y por él teme con exceso y le dedica todos sus cuidados. Obremos, pues, como sabiendo que no debemos vivir para el cuerpo, pero que no podemos vivir sin él. Cuando se le ama demasiado, nos agita el temor, nos agobian los cuidados y estamos expuestos a mil disgustos. El que adora a su cuerpo, no aprecia lo honesto como debe.

Convengo en que se le ha de cuidar, pero a condición de abandonarle al fuego, cuando así lo pidan la razón, la dignidad y la fe. Sin embargo, evitemos cuanto podamos no solamente los peligros, sino también las molestias y procuremos ponernos en seguridad por los medios que estimemos más propios para protegernos de las cosas que debemos temer, y que, si no me engaño, son de tres clases: pobreza, enfermedades y opresión de los poderosos; pero esta última es la que más nos mortifica, porque viene acompañada de ruido y tumulto.

Las otras dos son males naturales que se deslizan suavemente y que no ofenden ojos ni oídos; pero la opresión vive con aparato, la rodean espadas, hogueras, cadenas y la sigue manada de fieras prontas a desgarrar las entrañas de aquellos que les arrojan. Imagina en este punto una cárcel con cruces, potros, garfios de hierro; un palo que atraviesa por medio el cuerpo y sale por la boca; miembros despedazados por cuatro caballos; una túnica empapada en azufre y todo lo demás que ha inventado la crueldad.

No es, pues, extraño que se teman profundamente estas cosas cuyo aparato y variedad son tan terribles; porque así como el verdugo aumenta el horror del suplicio con el numero de los instrumentos que expone a la vista del condenado (de suerte que esta espantosa exhibición abate muchas veces a aquel a quien la paciencia hubiese hecho resistir), así entre las cosas que obran sobre nuestros ánimos, aquellas tienen más fuerza que ostentan mayor aparato y exterioridad.

Otros males hay que no son inferiores a éstos, quiero decir, el hambre y la sed, las úlceras interiores y la fiebre que abrasa las entrañas; pero están ocultos y nada ostentan que amenace y aterre; los otros males son como esos grandes ejércitos que vencen con su sola presencia y aparato.

Por esta razón debemos abstenernos de toda ofensa. A veces es el pueblo a quien debemos temer; a veces a aquellos que gozan favor en el Senado, si de esta manera está constituido el gobierno; en ocasiones el pueblo concede a particulares la autoridad que han de ejercer sobre el mismo pueblo. Difícil es tener todos éstos por amigos y mucho es ya no tenerles por enemigos.

Por esta razón no debe atraerse el sabio el odio de los poderosos, sino que, por el contrario, debe evitarlo como un escollo. Cuando vas a Sicilia tienes que pasar el estrecho. Un piloto temerario no se cuidará de que sople viento del Mediodía (y sin embargo, este es el que agita el mar Sículo y forma remolinos); no se inclinará a la costa de la izquierda y caminará hacia donde Caribdis remueve impetuosas olas. Otro, más prudente, preguntará a los que conocen aquellos parajes de dónde procede tan grande agitación, qué señales dan el aire y las nubes, y tomará rumbo muy lejos de aquel punto, famoso por tantos naufragios.

La misma conducta observa el sabio; evita los poderes que podrían dañarle, empleando precaución para no mostrar que los evita; porque nuestra seguridad depende en parte de no huir abiertamente, ya que se condena todo aquello de que se huye. Se necesita prudencia para ponerse a cubierto del vulgo. En primer lugar, no le pidamos nada que pueda suscitar debates y atraernos competidores.

Además, no poseamos nada que pueda enriquecer a quien nos lo arrebate; que ni siquiera puedan recoger mucho botín despojándonos. Muy pocas personas hay que derramen sangre por derramarla y se encuentran más codiciosos que enemigos: el ladrón deja pasar al que nada tiene que perder y el pobre marcha en paz por camino lleno de soldados.

Tres cosas hay que evitar además, según la antigua máxima: el odio, la envidia y el desprecio. La sabiduría solamente puede enseñar a conseguirlo, porque es muy difícil este temperamento: hay peligro de caer en desprecio al temer la envidia y que al no querer alzarnos sobre los demás, les mostremos que pueden ponernos bajo sus pies; por otra parte, muchas personas están obligadas a temer porque existe motivo para que se les tema: asegurémonos por todas partes; no es menos peligroso ser despreciado que ser envidiado.

Necesario es refugiarse en la filosofía, cuyo estudio veneran no solamente los buenos, sino que también los que no son completamente malos. La elocuencia del foro y todo lo que sirve para persuadir a los pueblos, tiene siempre una parte contraria; pero la filosofía, que es tranquila y que solamente se ocupa de sus asuntos, jamás es despreciada, puesto que todas las artes y las ciencias le rinden homenaje, hasta entre los peores.

Nunca obtendrá tanto respeto el vicio, y la conjuración que trama contra la virtud jamás será bastante fuerte para impedir que el nombre de la filosofía continúe siendo venerable y sagrado; pero en último caso también la filosofía debe tratarse con modestia y prudencia.

-¡Cómo! me dirás, ¿te parece que filosofaba modestamente Marco Catón cuando pretendía impedir con su consejo la guerra civil y se lanzaba entre dos príncipes armados y furiosos y mientras unos se declaraban por Pompeyo y los otros por César, irritaba igualmente a los dos?

-Dudarse podría que el sabio hiciese bien en encargarse del gobierno de la república en tiempos de confusión. ¿Qué pretendes, Marco Catón? Ahora no se trata de libertad; hace ya mucho tiempo que se perdió; solamente se pregunta si Pompeyo o Cesar poseerá la república. ¿Qué interés tienes en la contienda? Nada te atañe en esto. Quieren elegir amo. ¿Qué te importa cuál sea el vencedor? Sin duda, el que sucumba podría haber sido peor, pero no será mejor el que quede victorioso.

He hablado de los últimos tiempos de Catón, pero en los anteriores no fueron más escuchados los consejos de aquel hombre tan sabio que quería evitar la ruina de la república: ¿qué otra cosa hacía que gritar y vociferar inútilmente cuando el pueblo le arrancaba del Foro, le sacaba cubierto de salivas y le arrastraba desde el Senado a la prisión?

Pero después veremos si el sabio debe intervenir cuando no hay esperanzas de éxito: entretanto, te propongo por ejemplo aquellos grandes estoicos, que estando excluidos de los negocios públicos, se retiraron para dedicarse a la vida privada y dictar leyes a todos los hombres, sin ofender a los que tenían las riendas del poder. El sabio no va contra las costumbres establecidas, ni se atrae el odio del pueblo con la extrañeza de su conducta.

-¿Cómo? ¿se encontrará realmente en seguridad el que siga este consejo? -Sobre esto no me atrevería a contestarte, como no podría asegurarse la salud al hombre sobrio y sin embargo la sobriedad hace gozar de buena salud. A veces naufraga un buque en el puerto; pero ¿qué crees que sucede en alta mar? ¡Cuánto más expuesto se encontraría el que vive en reposo, si se lanzase a los negocios y conmociones! Algunas veces perecen los inocentes, ¿quién lo niega? Pero con más frecuencia los malos. No deja de ser buen esgrimidor el que ha recibido algunos golpes en la guarnición de la espada.

En fin, el sabio considera en toda ocasión lo que emprende y no lo que sobrevendrá. Somos dueños de nuestros intentos; la fortuna ordena los resultados y a la verdad, jamas me someteré a sus juicios. Me dirás que decreta vejaciones y reveses, pero no se condena al ladrón al mismo tiempo que mata.

Ahora tiendes la mano para recibir la cotidiana merced. Quiero dártela en oro; y puesto que hablo de la posesión de este metal, necesario es que aprendas servirte útilmente de él y con placer. «Aquel goza perfectamente de sus riquezas que para nada las necesita.» Me preguntarás el nombre del autor; aprecia mi bondad cuando así alabo pensamientos ajenos, de Epicuro, Metrodoro o algún otro de aquella escuela.

Mas ¿qué importa quien lo dijo? Lo dijo para todo el mundo. El que necesita las riquezas teme perderlas; ahora bien, el goce de una cosa que causa pena no satisface al propietario; constantemente quiere aumentarla y mientras piensa en el aumento, no atiende a gozarla; se rinde cuentas a sí mismo; litiga, registra su diario y de dueño se convierte en administrador. Adiós.


Interesantes ideas de Séneca. Expuestas en otro contexto social pero igualmente válidas hoy en día. Como siempre digo, no hay porqué estar de acuerdo en todo lo que se dice, pero sí me parece de mucho valor en reflexionar un rato sobre lo que tenga sentido para nosotros.


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