298. El gladiador debe tomar consejo en la arena (Séneca)

El título original de esta carta es «De los consejos. Del abandono de los negocios» del libro Cartas de un Estoico, concretamente la número 22. De hecho, utilizo la maravillosa frase que cierra esta carta para cerrar el prólogo.

Tengo que decir que es una carta de mis favoritas por la gran cantidad de joyas que encontramos en ella. Al princicio, habla de dejar los negocios, pero justo al final trata el miedo a la muerte. No tiene desperdicio, vamos allá:

Comprendes que necesitas liberarte de esas ocupaciones brillantes y peligrosas, pero preguntas cómo podrás conseguirlo. Hay cosas que no pueden enseñarse si no se está presente. El médico no puede prescribir de lejos al enfermo las horas a las que debe comer o bañarse; necesita tomarle el pulso.

El proverbio antiguo dice que «el gladiador debe tomar consejo en la arena»: el semblante de su enemigo, el movimiento de su mano, la actitud de su cuerpo le advierten lo que debe hacer.

Puede muy bien ordenar y escribir lo que se debe y acostumbra hacer en general y estas instrucciones tanto sirven para la posteridad como para las personas ausentes; pero es imposible advertir de lejos cuándo y de qué manera se debe obrar, siendo necesario aconsejarse de las circunstancias mismas.

Tampoco basta estar presentes si no se vigila para espiar la ocasión. Obsérvala bien, y si se presenta, cógela y emplea todos tus esfuerzos para retirarte de los negocios.

Sin embargo, oye, si te place, mi opinión sobre este asunto: creo que debes renunciar a la vida o emprender otra vida; sin embargo, puedes tomar un camino medio, esto es, desatar suavemente antes que romper de brusca manera los lazos con que te has sujetado; pero si no puedes de otro modo, ábrete paso a la libertad.

Nadie existe tan tímido que no prefiera caer de una vez a estar suspendido siempre. Entretanto, procura cuidadosamente no comprometerte más. Conténtate con los negocios que has abarcado, o para hablar a tu gusto, que has encontrado. No debes avanzar más; de otra manera no tendrás ya excusa y además harás ver que tu compromiso es voluntario.

Falso es esto que continuamente se repite: «No he podido obrar de otro modo; aunque no hubiese querido hacerlo, la necesidad me habría obligado». Nadie está obligado a correr tras la prosperidad y algo es ya detenerse voluntariamente y no instar a la fortuna que nos arrastra.

¿Te ofenderás si, queriendo aconsejarte, acudo a otros más prudentes que yo y cuyo parecer acostumbro a tomar? Tengo aquí una carta de Epicuro a Idomeneo, referente a esta materia; le ruega «que se retire todo lo más pronto posible, antes de que intervenga alguna fuerza mayor que le prive de libertad». Añade, sin embargo, «que nada debe emprenderse si no en tiempo y ocasión propicios; pero es necesario salir en cuanto este tiempo llegue».

Ni siquiera permite al que medita su retirada que se duerma y le hace esperar éxito favorable en medio de las mayores dificultades con tal de que no obre antes de tiempo, pero que sí lo haga con oportunidad.

Tal vez preguntarás ahora el parecer de los estoicos; no hay por qué presentártelos como hombres temerarios, porque te aseguro que son más prudentes que atrevidos.

Tal vez imaginarás que se les va a hacer hablar de esta suerte: «Es vergonzoso abandonar el cargo que se tiene; hazte dueño del empleo que has tomado. El varón fuerte no huye del trabajo; sino, al contrario, aumenta su valor por las mismas dificultades».

Indudablemente te hablarían de esta manera si se tratase de animarte a la perseverancia en ocasión en que el honor te obligase a hacer o sufrir algo; no siendo así, el hombre honrado no debe consumirse en un trabajo que no es honesto, ni permanecer agitado solamente por la inclinación que tiene a los negocios. Si se encuentra comprometido en los grandes empleos, no imagines que desee sufrir siempre sus agitaciones; porque cuando haya reconocido los escollos y peligros de que se verá rodeado, dará un paso atrás y sin volver la espalda se retirará suavemente y se pondrá en seguridad.

Es fácil, querido Lucilio, evadirse de las ocupaciones si desprecias las ventajas que las acompañan. Ordinariamente éstas son las que nos retrasan y detienen. «¡Cómo! —me dirás—, ¿abandonaré tan grandes esperanzas? ¿Me alejaré en el tiempo de la recolección? ¿Caminaré sin compañía? ¿Quedaré sin cortejo, sin escolta mi litera y vacío el atrio de mi casa?» He aquí lo que a los hombres les cuesta trabajo abandonar; se quejan de la ambición como se quejarían de una amante; pero si penetras en el fondo de su pensamiento, no es tanto por odio como por pesar.

Examina a esas personas que deploran las cosas que han deseado ardientemente y que hablan con tanta indiferencia de aquellos bienes cuya pérdida más pequeña no podrían soportar; verás que se adhieren con complacencia a todo aquello que dicen serles costoso. Así es, querido Lucilio; existen más esclavos voluntarios que forzosos. Pero veo claramente que deseas de veras la libertad y que intentas conseguirla.

Pides consejo solamente con el objeto de poder obrar sin tener jamás que lamentarlo; ¿no te basta que te apruebe toda la cohorte de los estoicos? Los Zenón y los Crisippo te darán siempre consejos de moderación sinceros y razonables; mas si te paras a ver lo que has de llevar contigo y qué acopio de dinero puedes hacer antes de retirarte, jamás te retirarás; nadie se salva a nado yendo cargado de ropas. Pasa, pues, a mejor vida con el favor de los dioses, que no te tratarán como a aquellos a quienes otorgan gracias que les son funestas, no habiendo podido negarles lo que les pedían con insistencia.

Imprimía ya el sello a esta carta y he necesitado abrirla para añadir a lo dicho el ordinario regalo, es decir, una sentencia tan elocuente como verdadera, tomada de Epicuro, porque con gusto honro el trabajo ajeno: «La mayor parte salen de la vida como si acabasen de entrar en ella». Elige los que quieras, jóvenes, viejos, de mediana edad; verás que todos temen de la misma manera a la muerte e ignoran qué es la vida. Nadie posee nada de hecho, porque todo se confía al porvenir.

Lo que más me agrada en esta sentencia es que se censura a los ancianos ser niños aún. «Nadie sale de la vida de otra manera que entró en ella». Esto es falso en nuestro sentido, porque morimos peores que nacimos; esto es culpa nuestra, no debiendo imputarse a la Naturaleza, que tendría razón para quejarse y decir: «¿Qué es esto? Te puse en el mundo sin deseos, sin temores, sin superstición, sin infidelidad y sin todos esos desórdenes que reinan entre vosotros; salid conforme entrasteis en él». Aquél posee en verdad la sabiduría, que puede morir con tanta tranquilidad como nació. 

Pero temblamos a la vista del peligro, nuestro valor decae, cambia nuestro color y ruedan por nuestras mejillas inútiles lágrimas. ¿Puede haber algo más vergonzoso que tener miedo cuando se atraviesa el dintel de la seguridad? Esto consiste en que no encontramos en nosotros al fin de la vida las buenas acciones que deberíamos haber realizado. En aquel momento no nos queda ya ni la menor parte de nuestro poderío, que ya ha pasado, se ha disipado.

Nadie cuida de vivir bien, sino de vivir mucho tiempo, a pesar de que todos pueden vivir bien y nadie puede vivir mucho. Adiós.

Me quedo con que se aprende a vivir viviendo y con aquello de que aquél que puede morir con tanta tranquilidad como nació, posee en verdad la sabiduría.

Y tú, ¿con qué te quedas de esta carta?

Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

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