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346. De la oportunidad de los consejos (Séneca)

En esta carta de Séneca, la número 29 del libro Cartas de un Estoico, habla de cómo intenta aconsejar a un amigo y también del lado oscuro de la popularidad… Aquí la tienes:

Me preguntas por nuestro amigo Marcelino y deseas saber qué hace. Pocas veces viene a mi casa sin otra razón que la de no agradarle oír la verdad. De este peligro está libre, porque solamente debe decirse a aquel que quiere escucharla. Por esta razón se duda si podían Diógenes y los demás cínicos enseñar libremente a cuantos encontraban. 

¿De qué serviría dirigirse a sordos y mudos? «¿Mas por qué —dirás— he de economizar mis palabras, siendo como son gratuitas? Ignoro si adelantaré algo con aquel a quien aconsejo; pero sé bien que le aprovechará a alguno si instruyo a muchos. Se debe cuidar de todos, y a fuerza de sondear algo se encontrará». 

No creo, querido Lucilio, que deba hacer esto el varón prudente, porque se pierde su autoridad y no tiene bastante fuerza para corregir a aquellos que previamente se hubiesen sometido a ella. 

El sagitario no debe dar alguna vez en el blanco, sino errarlo alguna vez. El arte no debe obrar por casualidad, y como la sabiduría es arte, debe tomar el camino seguro y elegir aquellos que pueden aprovechar sus consejos, abandonando aquellos otros de quienes nada espera, aunque no ligeramente, sino después de emplear los últimos remedios que exige este caso extremo. 

Sin embargo, no desespero de nuestro amigo Marcelino, a quien aún puede salvarse si se le tiende prontamente la mano. Pero existe el peligro de que él arrastre al que se la tienda a causa de la viveza de su espíritu, fuertemente inclinado ya al mal. 

Decidido estoy a correr este peligro y me atreveré a mostrarle todos sus defectos. Hará sin duda lo que acostumbra, contando agudezas y cuentos capaces de hacer reír a los que tengan ganas de llorar. Se burlará primeramente de sí mismo, después de mí y se adelantará a todo lo que habré de decirle. 

Examinará nuestras escuelas y me mostrará filósofos pensionados por príncipes y entregados a mujeres y a la gula: me presentará a uno en la corte, a otro en el adulterio, aquel en la taberna; me citará a Aristón, el filósofo galante que no disertaba más que cuando le llevaban en litera, habiendo elegido este momento para enseñar su doctrina; por lo que contestó Escauro, cuando le preguntaron a qué escuela pertenecía: «Al menos no es peripatético»; y Julio Grsecino, hombre distinguido, impulsado a decir lo que sentía: «No puedo decirlo porque ignoro qué hace en ese pescante», como si le hablasen de un auriga. 

Después me presentará una multitud de charlatanes que hubiesen hecho mejor en renunciar a la filosofía que en hablar de ella por dinero. Decidido estoy, sin embargo, a soportar todas sus injurias. Me haga reír, tal vez yo le haré llorar, y si perseverase en reír, me consolaré, como en todas las desgracias, porque al menos su locura es regocijada. 

Pero esta clase de alegría no es duradera; observa a estas personas y verás que ríen y se afligen con exceso y casi al mismo tiempo. Me propongo interpelarle y hacerle ver que valía más cuando muchos le estimaban menos. 

Contendré sus vicios, si no se los arrancó por completo: le concederé intermitencias y tal vez sanará si estas intermitencias llegasen a formar costumbre. En las enfermedades graves, la suspensión del mal es una manera de curación. 

Mientras me preparo contra él, tú, que ya tienes fuerzas, que conoces los progresos que has hecho y que mediante ellos puedes juzgar hasta dónde llegarás, ordena tus pasiones, levanta tu espíritu, mantente fuerte contra todo lo que inspira temor y no cuentes el número de los que te parezcan formidables. 

¿No tendrías por loco al que temiese encontrar un grupo de enemigos en paraje donde no pudiesen pasar más que de uno en uno? Cierto es que todos pueden amenazarte con la muerte, pero no todos pueden dártela; porque la Naturaleza ha querido que uno solo pueda quitarte la vida, así como uno solo pudo dártela.

Si fueses generoso, me perdonarías la deuda de hoy; pero quiero pagarla y no guardar nada de lo que pertenece a otro. «Nunca quise adular al pueblo que no aprueba las cosas que yo sé ni yo sé las que él aprueba». ¿Quién dice eso?, preguntarás como si ignorases que es Epicuro. Pero lo mismo te dirán los filósofos de todas las escuelas, peripatéticos, académicos, estoicos, cínicos. 

¿Cómo ha de agradar al pueblo el que ama la virtud? El favor popular solamente se adquiere por malos medios. Es necesario que te hagas igual a él; de no ser así, no te reconocerá ni podrás agradarle. Pero es mucho más importante que te conozcas a ti mismo que darte a conocer a los demás. El cariño de la gente baja solamente con bajas acciones puedes granjearlo. 

¿De qué servirá esa filosofía que tan alto eleva y que se prefiere a todas las artes y a todos los bienes? Servirá para que cuides más de agradarte a ti mismo que de agradar al pueblo; para pesar y no contar los juicios cuando los examines; para que vivas sin miedo a los dioses ni a los hombres; para vencer las adversidades o para terminarlas. 

En último caso, si te veo elevado por los votos del pueblo; si al entrar en el espectáculo te saludan aplausos y aclamaciones; si las mujeres y los niños cantan tus alabanzas por la ciudad, ¿cómo no he de compadecerte cuando sé por qué camino se consiguen esos favores? Adiós.


Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

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