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354. Trabajo y estoicismo (Séneca)

Confiar en sí mismo: un bien que forma la felicidad de la vida.

Esta carta de Séneca, es la número 31 del libro Cartas de un Estoico. Su título original es «Del desprecio a la estimación del vulgo». En ella, Séneca habla del trabajo y aconseja a su buen amigo Lucilio no hacer mucho caso de la opinión popular. Aquí la tienes:

Reconozco a mi querido Lucilio: comienza a ser como prometió. Continúa ese impulso del ánimo que te lleva a lo bueno despreciando la opinión popular. No pido que llegues a ser más grande ni mejor de lo que te habías propuesto. Los cimientos que has echado ocupan mucho lugar; edifica lo que te propusiste y realiza tus buenas resoluciones.

Serás completamente sabio si te tapas los oídos, no como Ulises mandó hacer a sus compañeros, sino con algo más fuerte y espeso; porque la voz que aquéllos temían era dulce en verdad, pero no pública y la que tú has de temer no parte de un punto solo, sino de todos los ángulos de la tierra. 

No te detengas, pues, en ninguna comarca, ni tampoco en esas ciudades que te serán sospechosas de molicie y desorden; hazte sordo a la voz de tus mejores amigos. Con buena intención desean éstos cosas muy malas, y, para ser feliz, ruego a los dioses que no ocurran las cosas que desean tus amigos. 

Los dones de que quieren colmarte no son bienes, porque no existe más que un bien que forma la felicidad de la vida, a saber: confiar en sí mismo; pero únicamente se puede conseguir no temiendo el trabajo y poniéndolo en el número de las cosas que no son buenas ni malas. Porque es imposible que una misma cosa sea en tanto buena y en tanto mala, en tanto suave y agradable, en tanto desagradable. 

El trabajo en sí mismo no es bueno; ¿qué tiene de bueno? El no temerlo. Así es que haría mal en censurar a los que trabajan; por el contrario, admiro a los que se ocupan de cosas honestas y les aprecio tanto más cuanto más perseveran; y les grito: «Tened valor; y, si podéis, haced la carrera de un solo aliento». El trabajo alimenta a las almas generosas. 

No es de esperar que arregles tus deseos y aspiraciones por los que tus padres formaron en otros tiempos; y después de haber entrado en los grandes negocios, sería vergonzoso para ti importunar a los dioses con tus súplicas. 

¿Qué necesidad tienes de ellas? Hazte feliz por ti mismo y lo serás con tal de que te persuadas de que no existe nada bueno sin virtud y que el vicio acompaña siempre a lo malo. Así como no hay nada brillante sin luz, ni nada oscuro sin tinieblas, nada caliente sin fuego y nada frío sin aire, así las cosas son honestas o torpes según estén unidas con la virtud o con el vicio.

¿En qué consiste, pues, el bien? En el conocimiento de las cosas. ¿Y el mal? En no conocerlas. De esto resulta que el hombre prudente y precavido las acepta o las rechaza según los tiempos; pero las acepta sin admiración y las rechaza sin temor cuando tiene ánimo fuerte y generoso. No creo que tu ánimo se encuentre abatido, pero no basta no rechazar el trabajo, menester es buscarlo. 

«Pero ¿cuál es —dirás— el trabajo frívolo y superfluo?». El producido por humildes causas. Éste no es absolutamente malo y tiene algo de laudable, lo mismo que aquel que se emplea en cosas bellas, porque demuestra la paciencia de un espíritu que se levanta contra las dificultades y se dice: «¿Por qué cesas? ¡No es viril temer la fatiga!»

Es necesario que el hombre vaya aquí y allá y perfeccione su virtud en la igualdad de su vida, lo cual no puede hacerse sin conocimiento perfecto de las cosas y sin el arte que nos enseña todo lo concerniente a los dioses y a los hombres. Este es el bien sumo; si lo posees, comienzas a ser compañero de los dioses y no suplicante suyo

«¿Cómo —dirás— puede llegarse a ese punto?». No es necesario atravesar el Apenino ni el Olimpo, los desiertos de Candavia, ni los peligros de Escila y Caribdis, los cuales, sin embargo, has afrontado con valor y entereza con ocasión de un empleo poco importante; el sendero es seguro y fácil y la Naturaleza te ha provisto de todo lo necesario para recorrerlo. 

Si no desprecias lo que te ha dado, podrás caminar a la par con Dios; pero no será el dinero lo que te haga igual a él, ni los trajes suntuosos (porque Dios está completamente desnudo), ni tampoco la reputación extendida por los pueblos (nadie conoce a Dios, hasta muchos hay que hablan mal de él impunemente), tampoco la multitud de criados que lleven tu litera por caminos y ciudades. Dios, omnipotente y grande, lleva todas las cosas en la mano. 

Tampoco la belleza ni la fuerza del cuerpo podrían hacerte feliz, porque están sujetas a la vejez. Es necesario, pues, buscar algo que no se corrompa y a lo que nada se oponga. ¿Qué será esto? El espíritu, pero ha de ser recto, bueno y animoso. ¿Y de qué otra manera has de llamarlo sino Dios alojado en cuerpo humano? 

Este espíritu puede encontrarse en un caballero romano lo mismo que en un liberto o en un esclavo. ¿Qué es un caballero romano, un liberto o un esclavo? Nombres nacidos de la ambición o de la injusticia. Posible es elevarse al cielo desde el rincón más ignorado de la tierra: ¡elévate pues!

…y forma en ti imagen digna de Dios.

No lo realizarás con oro ni con plata, porque con estas materias no se puede hacer retrato que se le parezca; recuerda que los dioses eran de barro cuando tan propicios se mostraban. Adiós.

Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

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