Saltar al contenido

387. La esencia del ser humano (Séneca)

Si pasas por un bosque poblado de árboles añosos extraordinariamente altos, cuyas entrelazadas ramas te roban la vista del cielo, la inmensa extensión del bosque, el silencio de aquel paraje y aquella sombra tan grande y tan densa en medio del campo te hacen conocer que existe un Dios. 

Carta número 41 del libro Cartas de un Estoico. Su título original es «DIOS RESIDE EN EL VARÓN JUSTO». Me gusta mucho esta carta porque habla de temas diferentes, pero con la misma esencia: lo que nadie puede darte ni quitarte como ser humano; de cómo Séneca siente la presencia de Dios y de por qué el león salvaje es más hermoso que el domado. Aquí la tienes:

Cosa excelente haces y muy útil para ti si, como me escribes, perseveras en el camino de la virtud; y necio sería pedir lo que por ti mismo puedes obtener. No es necesario alzar las manos al cielo ni rogar al guardián que nos deje acercarnos al ídolo para hablarle al oído; Dios está cerca de ti, contigo, dentro de ti mismo. 

Sí, Lucilio, dentro de nosotros reside un espíritu sagrado, observador y guardador del bien y del mal que hacemos y que nos trata según le hemos tratado. Sin Dios ningún varón es justo. ¿Puede alguien, sin el socorro de Dios, hacerse superior al poder de la fortuna? Da consejos saludables y levantados. Un Dios habita sin duda en cada varón bueno; pero ¿quién es este Dios? Nadie puede decirlo.

Si pasas por un bosque poblado de árboles añosos extraordinariamente altos, cuyas entrelazadas ramas te roban la vista del cielo, la inmensa extensión del bosque, el silencio de aquel paraje y aquella sombra tan grande y tan densa en medio del campo te hacen conocer que existe un Dios. 

Si ves una gruta abierta sin arte y por la mano de la Naturaleza, que con piedras resquebrajadas y corroídas sostiene, como suspendida, una montaña, en el acto te invade cierto sentimiento religioso. 

Se siente veneración por el nacimiento de los ríos; se alzan altares en los puntos donde algunos manantiales surgen bruscamente del suelo; se tributa culto a las fuentes de aguas calientes; existen estanques consagrados a causa de la oscuridad y profundidad de sus aguas. 

Si ves un hombre intrépido en los peligros, invencible a los placeres, dichoso en la desgracia, tranquilo en medio de la tempestad, que contempla a los hombres por debajo de él y a los dioses a su lado, ¿no te inspirará alguna veneración? ¿No dirás:  «Esto es demasiado grande y demasiado elevado para que pueda encontrarse en cuerpo tan pequeño»? 

Fuerza divina ha recibido de lo alto y un poder completamente celestial es el que hace obrar a esta alma tan moderada, que tan ligeramente pasa sobre todas las cosas, considerándolas inferiores a ella y despreciando aquellas que tenemos o que deseamos. Cosa tan grande no podría existir sin la asistencia de alguna divinidad. 

De esta manera está el alma unida por su parte mejor con el principio de donde procede. Así como los rayos del sol tocan la tierra sin separarse del punto de donde parten, así también esta alma grande y sagrada, mandada aquí abajo para que nos muestre más de cerca las cosas divinas, conversa sin duda con nosotros, pero continúa unida con el punto de su origen, depende de él, mira a él y a él aspira, permaneciendo con nosotros como nuestra mejor cosa. Pero ¿cuál es esta gran alma? La que brilla por sus propias virtudes.

¿Hay algo más necio que alabar a uno por cosas ajenas, o admirarle por lo que en un momento puede pasar a manos de otro? El freno de oro no hace mejor al caballo. 

El león salvaje y feroz es más hermoso que aquel otro que se deja dorar las melenas después de haber sido reducido por el cansancio a soportar adornos; porque el primero, con su ferocidad natural y su pelo erizado —cuya belleza consiste en hacer temblar a cuantos lo miran— es preferible al otro amansado y de otra manera adornado. 

Nadie debe gloriarse más que de lo suyo propio. Admiramos la vid cargada de fruto, cuyo peso doblega los puntales que la sostienen; ¿la preferiríamos a otra que tuviese las hojas y los racimos dorados? La fertilidad es la virtud propia de la vid; en el hombre no se debe celebrar más que aquello que le es propio. 

Tiene elegante servidumbre, muchas tierras y considerables rentas; nada de esto está en él, sino alrededor de él; alabad lo que no se le puede dar ni quitar, que es el propio bien del hombre. ¿Preguntas cuál es este bien? Te diré que un alma en la que la razón es perfecta. Porque el hombre es animal racional y su bien llega al grado más alto cuando ha cumplido el fin para el que ha nacido. 

Pero ¿qué exige de él esta razón? Una cosa facilísima: vivir según su naturaleza; pero el error común la hace difícil, porque nos empujamos unos a otros en el vicio: ¿cómo podremos retener a los que la multitud arrastra y nadie detiene? Adiós.

Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

VER LIBRO