290. No te preocupes de lo futuro (Séneca)

El atleta que no ha sido vencido todavía no puede llevar grandes bríos al combate; estos bríos solamente son propios de aquel que ha derramado su sangre y a quien han roto los dientes; que arrojado al suelo, ha sostenido a su enemigo sobre su cuerpo y que sin desfallecer se levantó más valeroso que antes y volvió a la lucha lleno de esperanza.

El título original de esta carta, que encontraréis en el libro Cartas de un estoico, es «CUÁL DEBE SER LA FORTALEZA DEL SABIO. NO TE PREOCUPES DE LO FUTURO». Es la número 13.

Con lenguaje sencillo y claro, como es habitual en Séneca, explica a su amigo Lucilio por qué no debe preocuparse del futuro, de los males que pudieran ocurrir, etc. Aquí la tenéis:

Sé que tienes mucho valor. Antes de que te diese saludables consejos para contrarrestar las adversidades, confiabas bastante en ti mismo contra los reveses de la fortuna; más debes prometerte ahora, que luchas contra la adversidad y que has experimentado tus fuerzas, de las que nadie puede estar seguro hasta después de haberse visto rodeado de dificultades por todas partes y muy cerca del peligro. 

De esta manera se prueba el valor que no ha de flaquear ante el poder ajeno. El atleta que no ha sido vencido todavía no puede llevar grandes bríos al combate; estos bríos solamente son propios de aquel que ha derramado su sangre y a quien han roto los dientes; que arrojado al suelo, ha sostenido a su enemigo sobre su cuerpo y que sin desfallecer se levantó más valeroso que antes y volvió a la lucha lleno de esperanza.

Continuando la comparación, la adversidad ha caído frecuentemente sobre ti; pero lejos de rendirte, te has librado de ella, alzándote más animoso que antes, porque el valor cobra nuevas fuerzas cuando es atacado. Sin embargo, si te parece bien, recibe estos auxilios, de los que podrás aprovecharte.

Existen muchas más cosas, querido Lucilio, que nos causan miedo que cosas que nos hacen daño, y muchas más veces estamos malos de aprensión que de realidad. No te hablo con la elevación estoica, sino en sentido más llano, porque decimos que todas las cosas que arrancan lágrimas y gemidos son leves y despreciables.

Omitiendo todas esas grandes frases, pero ¡oh, dioses! verdaderas, solamente te aconsejo que no padezcas prematuramente, porque lo que temes como muy cercano, tal vez no llegará jamás; y por lo menos es cierto que no ha llegado aún.

Existen cosas que nos atormentan más de lo que deben, y otras que nos atormentan sin que deban atormentarnos. Aumentamos nuestro mal, lo hacemos o lo prevenimos. No hablemos de lo primero, porque es cosa litigiosa, y acerca de él tenemos un proceso que no está sentenciado aún; porque lo que yo consideraré ligero tú lo calificarás de insoportable.

Sé que existen algunos que ríen bajo el látigo y otros que lloran por un bofetón: después veremos si el valor de estas cosas consiste en su fuerza o en nuestra debilidad. Solamente te pediré que cuando estén a tu lado tus amigos y te digan que eres desgraciado, reflexiones no sobre lo que oigas, sino sobre lo que sientas; que consultes tu paciencia y que te preguntes a ti mismo, que estás bien enterado de tus cosas: ¿qué ocurre y por qué me compadecen estos? ¿por qué tiemblan cuando se me acercan? ¿Temen que mi desgracia sea contagiosa y que se comunique a los demás? Interrógate a ti mismo: ¿Existe algo que sea tan peligroso? ¿No es más grande el ruido que el mal? ¿Acaso no me atormento, no me entristezco sin razón y llamo mal a lo que no lo es?

«¿De qué manera —dirás— he de conocer lo que es mal imaginario o verdadero?» He aquí la regla: nos atormentan cosas presentes o futuras, o las unas y las otras a la vez. Es fácil juzgar las presentes: si tu cuerpo es libre, si estás sano, si no se le ha inferido daño. Veremos después lo referente a las cosas futuras; hoy no nos ocuparemos de ellas.

Primero considera si existen conjeturas infalibles del mal que debe llegar; porque con frecuencia nos asaltan sospechas y nos engañan falsos rumores que a veces pierden a los ejércitos y con mayor razón a los particulares. Así sucede, querido Lucilio. Instantáneamente nos rendimos a la opinión sin examinar siquiera las cosas que nos hacen temer, sino que temblamos y volvemos la espalda, como los soldados que abandonan su campamento aterrados por el polvo que levantaron bestias que corrían o por una noticia falsa que se difunde sin que se sepa su autor. 

No sé por qué asustan más las cosas falsas que las verdaderas, a no ser porque éstas tienen su medida y su ser determinados y que las que son inciertas dependen de nuestra imaginación, que quita o añade según le parece. De aquí procede que no haya temores más peligrosos que los que se llaman pánicos; porque si los otros no tienen razón de ser, éstos carecen hasta de conocimiento.

Examinemos detenidamente el asunto. ¿Es verosímil un mal futuro? De aquí no se deduce que sea verdadero. ¿Cuántas cosas que no se esperaban han sobrevenido? ¿y cuántas que se esperaban no han ocurrido? Pero si aún no ha sobrevenido el mal, ¿de qué sirve anticiparlo? Demasiado te atormentará cuando llegue; entre tanto, prométete lo mejor. ¿Qué ganarás? Tiempo. Muchas cosas podrán sobrevenir que detendrán o apartarán el peligro que se aproxima.

Se han visto gentes salvarse de un incendio; otras caer suavemente con las ruinas del edificio. ¿No se ha visto también algunas veces separar la espada del cuello que iba a herir y al condenado sobrevivir a su verdugo? La fortuna adversa tiene tantas ligerezas como la favorable; quizá suceda, quizá no; y mientras no ocurra, espera lo mejor.

Con harta frecuencia y sin apariencia alguna de daño, el ánimo se forma ilusiones interpretando de modo siniestro una palabra ambigua, o aumenta la injuria de una persona ofendida, considerando no hasta dónde llega su cólera, sino hasta dónde puede llegar. No habría, ciertamente, razón para amar la vida y extraordinaria sería la miseria de los hombres si se hubiera de temer todo el mal que puede hacerse.

Utiliza aquí tu prudencia y arroja con ánimo vigoroso hasta el temor más fundado; y si no, corrige un defecto con otro, modera el temor con la esperanza. Por ciertas que sean las cosas que tememos, más cierto es aún que frecuentemente se dulcifican las que tememos como se desvanecen las que esperamos.

Examina, pues, tu temor y tu esperanza, y cuando veas incierto uno y otra, cree lo que más te agrade. Si tienes más motivos para temer, inclínate, sin embargo, al otro lado y cesa de atormentarte. Ten presente que la mayor parte de los hombres se mortifican y agitan aunque no les amenace mal alguno y sea cierto que no les ha de sobrevenir.

Nadie se contiene una vez lanzado, ni cuida de regular su temor por lo que es efectivamente verdadero. Nadie dice: «Es un impostor; lo ha inventado o lo ha creído ligeramente». Cedemos a las primeras versiones, nos asustamos de lo dudoso como si fuese verdadero, no tenemos circunspección y de la sospecha pasamos rápidamente al temor.

Me avergüenza hablarte de esta manera y querer curarte con tan débiles remedios. Si alguno dijese: «Quizá no ocurrirá esto»; di tú: «¿Y aunque ocurriese? Veremos si sucede, y tal vez sea en beneficio mío; en todo caso mi muerte honrará mi vida».

La cicuta hizo grande a Sócrates; si quitas a Catón el puñal que le conservó la libertad, le cercenarás parte considerable de su gloria. Pero empleo demasiado tiempo en animarte cuando solamente necesitas ser advertido. No fuerzo tu inclinación porque sé que has nacido para las cosas de que te hablo. Utilízalas, pues, para cultivar y aumentar los bellos talentos que posees.

Mas no puedo terminar esta carta sin imprimirla el sello, es decir, confiarla algún pensamiento excelente para que te lo lleve. «El necio, además de sus defectos, tiene el de comenzar constantemente a vivir». Considera lo que esto significa, mi buen Lucilio, y comprenderás cuán vergonzosa es la ligereza de esas personas que diariamente cambian de manera de vivir y que traman nuevos designios cuando se encuentran ya en sus últimos días. 

Represéntate cada hombre en particular: encontrarás ancianos que piensan aún en los honores, los cargos, tráfico y lejanos viajes; ¿y qué cosa existe más vergonzosa que un anciano que comienza a vivir? No declararía el autor de esta sentencia si no fuese de las más secretas y menos conocidas de Epicuro y de aquellas que me he permitido alabar y adoptar. Adiós.

Así que, como hizo el propio Séneca de la frase de Epicuro, espero que adoptes alguna frase que haya tenido sentido para ti en esta carta.

Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

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