Saltar al contenido

201. Contra la pereza (Séneca)

Pero Leónidas les habló de muy distinta manera:

«Comed compañeros, como si hubieseis de cenar en el otro mundo.»

ReproducirReproducir

En el episodio de hoy os traigo otra carta de Séneca. Bastante más extensa que la del uso del tiempo, un poco más compleja, pero igualmente con muchas perlas que son una auténtica maravilla.

Curiosa es la mención que hace a Leónidas y los espartanos, que perdieron la vida en la batalla de las Termópilas resistiendo a los persas. Ya que hoy en día es bastante conocido este hecho de la Historia gracias a la película de 300.

Os dejo con la carta, cuyo título original es: CONTRA LA MOLICIE: DESPUÉS CONTRA LAS ARGUCIAS DE LOS DIALÉCTICOS. (Molicie significa pereza, desidia.)


Comienzo a no inquietarme por tí. -¿Qué fiador tengo? preguntarás. -El que nunca ha engañado a nadie; esto es, tu espíritu, que se ha apasionado de la virtud. Tu mejor parte se encuentra en seguridad. Bien sé que la fortuna puede perjudicarte; pero lo más importante es que no te perjudiques tú mismo. Prosigue tu camino y continúa esa vida tranquila que has comenzado, con tal que no haya molicie en ella.

Preferible es estar mal; y toma esta palabra en el sentido que acostumbra a darle el pueblo, es decir, a vivir con molestias y trabajos. Cuando se habla de la vida de personas que no se quieren, se dice ordinariamente: «Vive con molicie,» para dar a entender que no tiene energía, porque el espíritu se afemina insensiblemente con el reposo y se blandea en la ociosidad. ¿No sería mejor para el hombre enérgico endurecerse en el trabajo? Además, los delicados temen siempre la muerte, a pesar de que su vida se parece mucho a ella; pero media grande diferencia entre descansar y sepultarse.

-¡Cómo! me dirás, ¿no es mejor descansar de cualquier manera que sea, que estar continuamente agitado por el vértigo de los negocios?

-Igualmente peligroso es que los nervios se esfuercen como que se aflojen y creo que tan está muerto el que yace entre perfumes como el sumergido en el lodo. El reposo sin el estudio es una manera de muerte que deposita al hombre vivo en la tumba. Porque, en último caso, ¿de qué sirve que nos retiremos si nuestras inquietudes pasan los mares con nosotros? ¿Qué antro tan oculto existe donde no pueda entrar el temor de la muerte? ¿Qué vida tan segura y tranquila que no se vea turbada por el dolor?

Donde quiera que te ocultes, irán a alarmarte los males de la vida humana, porque hay muchas cosas en derredor nuestro que nos seducen o que nos alteran; y otras muchas dentro de nosotros mismos que se revelan hasta en medio de la soledad.

Debemos fortalecernos con la filosofía: ésta es un muro inexpugnable que la fortuna con todas sus máquinas no puede derribar. El que abandona los negocios se pone fuera de todo ataque; su elevación le garantiza y ve caer a sus pies los dardos que le disparan. La fortuna no tiene tan largas las manos como pensamos y solamente coge a los que se le acercan demasiado. Retirémonos, pues, lo más lejos que podamos; mas para esto necesitamos el conocimiento de nosotros mismos y el de la Naturaleza.

Necesitamos saber dónde hemos de ir, de dónde venimos; conocer lo bueno, lo malo, lo que debe buscarse, lo que se debe evitar; qué es esta razón que forma el discernimiento de las cosas que deben desearse o rechazarse, que dulcifica el temor y modera la avidez.

Hay quienes creen que pueden conseguir todo esto sin el auxilio de la filosofía; pero cuando les pone a prueba alguna desgracia, se ven obligados a confesar su debilidad, pero demasiado tarde. Cuando el verdugo les coge la mano, cuando la muerte se presenta a ellos, desaparece su constancia y su firmeza. Podría decírseles: -Fácilmente provocabas al mal lejano; aquí tienes el dolor que decías era tolerable; aquí tienes la muerte, contra la cual hablabas con tanto valor; se oyen crujir los látigos, lanza reflejos la espada;

Ahora se necesita firme corazón, Eneas.

Esta firmeza la conseguirás por medio de continua meditación; por el ejercicio del espíritu y no por la elección de palabras y por grave preparación para la muerte. No imagines que esas vanas cavilaciones con las que se intenta demostrar que la muerte no es un mal, pueden hacerte más resuelto.

No puedo menos, querido Lucilio, de burlarme en este punto de las necedades de los Griegos, que aun no he olvidado aunque profundamente las desapruebo. He aquí el argumento que hacía Zenón: «No hay mal que sea glorioso; es así que la muerte es gloriosa, luego la muerte no es un mal.» Me has dispensado un gran beneficio; ya no temo nada: después de esto, dispuesto estoy a entregar mi cabeza. Pero ¿es que no quieres hablar con más seriedad? ¿Pretendes hacer reír a un hombre que va a morir? A fe mía, no sé decirte quién sería más necio, si el que quisiese desterrar el temor de la muerte por este argumento, o el que buscase en él la solución, como si mereciese el trabajo.

El mismo Zenón hace un argumento opuesto a éste, sacándolo de que colocamos la muerte entre las cosas indiferentes y dice: «Nada indiferente es glorioso: es así que la muerte es gloriosa, luego no es indiferente.» Ya ves la falacia del argumento. La muerte en sí misma no es gloriosa, pero es glorioso morir con valor; y cuando dice que no hay cosa indiferente que sea gloriosa, lo concedo, pero digo al mismo tiempo que nada hay glorioso que no descanse sobre cosas indiferentes; y he aquí cómo: llamo cosas indiferentes a las que «no son buenas ni malas, como la enfermedad, el dolor, la pobreza, el destierro, la muerte; nada de esto es glorioso por sí mismo, pero nada hay que lo sea sin esto.

No se alaba la pobreza, sino al que no se doblega en ella, al que no se deja abatir. No se alaba la pobreza, sino al que en ella no se aflige. No se alaba el dolor, sino a aquel a quien el dolor nada puede arrancar. No se alaba la muerte, sino a aquel que muere sin turbarse. Ni honestas ni gloriosas son estas cosas por sí mismas, pero la virtud las hace tales cuando las toma por objeto de su ejercicio. Se encuentran en terreno neutral, y depende de la virtud o del vicio llevarlas a un lado o a otro.

La muerte que fue gloriosa en Catón, fue repugnante y vergonzosa en Bruto; hablo de aquel Bruto que, con objeto de prorrogar su muerte, se retiró para descargar el vientre. Y cuando le llamaron y le mandaron tender el cuello, exclamó: «¡Ojalá viviese tan fácilmente como lo tenderé!» y por poco añade ¡bajo Antonio! ¡Qué locura es huir cuando no se puede retroceder! ¡Oh! ¡cómo merecía aquel hombre que le abandonasen a vida infame!

Pero había empezado a decir: Suponiendo que la muerte no sea un bien ni un mal. Catón, sin embargo, la hizo gloriosa y Bruto repugnante. Todo lo que en sí mismo no tiene esplendor, la virtud se lo da cuando se le une. Decimos que una habitación es clara y sin embargo es oscura de noche; el día le da la claridad, la noche se la quita. Así también todas las cosas que llamamos indiferentes, como las riquezas, la salud, la belleza, los honores, el mando y por el contrario, la muerte, el destierro, la enfermedad, los dolores y todas las que tememos más o menos, reciben el nombre de bien o de mal según el uso que de ellas hace la virtud o el vicio. El hierro, por sí mismo no es caliente ni frío; si se pone en el fuego, se calienta; si se sumerge en el agua, se enfría. La muerte es honesta por lo honesto, es decir, por la virtud y por el ánimo que desprecia todo lo exterior.

Muchas diferencias existen además, querido Lucilio, entre las cosas que llamamos medias o indiferentes. La muerte, por ejemplo, no es indiferente de la misma manera que llevar los cabellos largos o cortos, porque se encuentra en el número de aquellas cosas en que no son malas, pero que tienen todas las apariencias de tales.

La Naturaleza ha grabado en el fondo de nuestro corazón amor a nosotros mismos y deseo de conservación: tememos la destrucción, porque parece que nos arrebata un bien muy grande y que nos priva de las comodidades a que estamos acostumbrados. Lo que nos inspira más horror a la muerte, es que conocemos los parajes que habitamos y que nada pueden decirnos de aquellos adonde hemos de ir. Ahora bien; fácilmente concebimos aversión por lo desconocido y a esto debe añadirse el temor natural a las tinieblas, a que creemos ha de conducir la muerte. De manera que aunque la muerte sea indiferente por sí misma, no pertenece al número de aquellas cosas que fácilmente pueden despreciarse. Necesario es acostumbrar el espíritu por medio de continuo ejercicio a contemplar su presencia y su aproximación. Se debería despreciar mucho más la muerte de lo que se desprecia, pero se nos ha hecho creer demasiado de ella. Todos los ingenios se han empeñado en afearla; han hecho de ella retratos espantosos, nos han dejado descripciones terribles de esas prisiones infernales y de aquellas tenebrosas regiones en las que el feroz portero del Orco,

Tendido entre huesos, en antros oscuros.

Con eternos ladridos aterra las sombras.

Pero cuando te persuadas de que todo esto es fábula y que los muertos nada tienen que temer, surgirá otro miedo, porque tememos igualmente permanecer en parajes subterráneos que no existir. ¿No es acción gloriosa y que reclama toda la energía del espíritu humano morir sin temor ni pesar en medio de tantas falsas creencias a las que desde muy antiguo estamos acostumbrados? Jamás se hará esto si se cree que la muerte es un mal: podrá hacerse si se cree que la muerte es indiferente. Nuestra naturaleza no se inclina fácilmente a lo que le parece rudo y desagradable, sino que se acerca con lentitud y contrariada. Ahora bien; la acción obligada no es gloriosa, puesto que la virtud no hace nada por fuerza. Añade que para hacer algo glorioso se necesita reconcentrar en ello toda la atención y voluntad del espíritu, sin encontrar la menor repugnancia. Cuando se acude al mal, es para evitar un mal mayor, o para obtener un bien que merece se le pague soportando el mal. En esta ocasión nos encontramos luchando entre dos impulsos opuestos; el uno nos lleva a realizar lo que hemos decidido; el otro nos retira representándonos las dificultades y peligros que existen; de modo que quedamos en suspenso. Donde existe esto, no hay que buscar gloria; porque la virtud comienza y acaba de una sola vez lo que se propone; la dificultad no la detiene jamás y atrevidamente puede decírsela:

No cedas a los males, continúa sin temor;

¡Tu fortuna te ayuda!

No iremos contra los males si creemos que verdaderamente lo son. Necesario es rechazar esta idea, que es capaz de contener nuestro ímpetu y retenernos cuando es necesario caminar deprisa.

Los nuestros quieren que el argumento de Zenón sea verdadero y falso el que se le opone. Por mi parte, no reduzco esta materia a las leyes de la dialéctica ni a esos artificios tan desacreditados; todo lo contrario; opino que debían destruirse toda esa clase de argumentos que hacen conceder lo contrario de lo que se cree por medio de preguntas que demuestran puede ser sorprendido el interrogado. Necesario es proceder con más sinceridad para encontrar la verdad y con más energía para rechazar el temor. Si yo intentara desenredar y esclarecer todo lo que confundieron, sería para convencer, no para engañar ¿Cómo exhorta un general a los soldados que van a combatir y a sacrificar sus vidas por la salvación de sus esposas e hijos? Te presentaré el ejemplo de los Fabios, que llevaron a su casa todas las guerras de la república.

Te mostraré a aquellos Lacedemonios destinados a defender el paso de las Termópilas, sin esperanza de vencer ni de escapar; tan segura era allí su muerte. ¿Qué les hubieses dicho para exhortarles a recibir en sus brazos las ruinas de su nación y a abandonar antes la vida que su puesto? ¿Les hubieses dicho que una cosa mala no es gloriosa; que la muerte es gloriosa, luego no es cosa mala? ¡Bella arenga! Después de esto, ¿hay alguien que tema arrojarse entre los enemigos y que no quiera morir combatiendo? Pero Leónidas les habló de muy distinta manera. «Comed, dijo, compañeros, como si hubieseis de cenar en el otro mundo.» No por esto comieron más inquietos, no se les cayeron los manjares de las manos, no se les quedaron entre los dientes; alegremente acudieron a aquella comida ya aquella cena.

¿Qué dirás de aquel capitán romano que, enviando algunos soldados a través del ejército para apoderarse de un puesto importante, les habló de esta manera: «Necesario es ir allá, compañeros, pero no es tan necesario volver.» Ya ves cuán sencilla e imperiosa es la virtud. ¿Serán tus sutilezas las que hayan hecho más valeroso al hombre? Todo lo contrario; esas sutilezas ablandan el corazón, lo encogen y lo rebajan a bagatelas espinosas, cuando es necesario levantarlo y llevarlo a cosas grandes. No es a trescientos soldados sino a todo el mundo a quien hay que quitar el temor de la muerte. ¿Cómo harás ver que morir no es un mal? ¿Cómo destruirás una opinión secular y en la que nos imbuimos desde la infancia? ¿Qué auxilio encontrarás? ¿Por qué razonamiento podrás enardecerles para que se lancen a los peligros? ¿Con qué elocuencia destruirás ese temor tan universal? ¿Por qué fuerza de espíritu podrás convencer al género humano penetrado de lo contrario de lo que dices? ¿Me diriges palabras capciosas y quieres cogerme por la consecuencia de preguntillas? Se necesitan armas muy fuertes para vencer grandes monstruos. En vano se atacó con flechas y piedras a la terrible serpiente que asolaba el África y a la que temían las legiones romanas más que al mismo enemigo. La serpiente era invulnerable; y porque la dureza de su piel, que respondía a la magnitud de su cuerpo, rechazaba el hierro y cuanto se le arrojaba, fue necesario aplastarla con piedras de molino. ¿Y arrojarás pajillas contra la muerte? ¿Esperarás al león con una lezna? Agudo es, sin duda, lo que dices, pero nada es tan agudo como una arista. La misma sutileza de muchas cosas las hace inútiles e ineficaces. Adiós.


Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

VER LIBRO
Cookies