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256. Sacude el yugo (Séneca)

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Es imposible que lo que mucho vale no cueste algo; pero considera si es mejor abandonarte tú mismo o abandonar algo que te pertenezca.

Sacude el yugo; mejor sería romperse el cuello de una vez que tenerlo siempre cargado.

El título original de esta carta es Cuáles son las ventajas de la tranquilidad. En ella Séneca nos da un tirón de orejas para que realmente nos centremos en lo que es importante en nuestra vida. Sin más, aquí la tenéis:

Me regocijo mucho cuando recibo tus cartas, que me infunden esperanza, porque ya no prometen de ti, sino que responden. Continúa así, te lo pido y te lo ruego: ¿qué cosa mejor puedo pedir al amigo que aquello que pediría para él?

Exímete, si es posible, de las tareas de los negocios; hemos perdido ya demasiado tiempo; comencemos a recogernos en la vejez. ¿Quién podrá censurarnos? Si hemos vivido en alta mar, muramos en el puerto. No pretendo con esto que te hagas famoso en el ocio, puesto que no debe hacerse de él vanidad ni misterio; ni quiero tampoco impulsarte a la soledad y al retiro, exagerándote la corrupción de los hombres; procura solamente, si tu ociosidad es conocida, que no brille demasiado.

Asunto propio es de los que pueden disponer de sí mismos deliberar si quieren pasar su vida en la oscuridad. Pero esto no te sucede a ti; tu talento, tus escritos y tantos amigos ilustres te han dado a conocer bastante, y aunque procurases ocultarte, el brillo de tus bellas acciones, siendo inseparable de tu persona, te descubriría enseguida. Sin embargo, puedes permanecer en tranquilidad sin que nadie te censure ni experimentes remordimientos.

¿Qué abandonarás que pueda producirte pesares? ¿Clientes? A decir verdad, ni uno solo se adhiere a tu persona, sino a alguna ventaja que encuentra en ti. ¿Amigos? En otro tiempo se buscaba la amistad, ahora solamente se consulta el interés.

Tal vez algunos ancianos te borrarán de su testamento cuando dejen de verte, y personas asiduas en tu casa marcharán a otra: es imposible que lo que mucho vale no cueste algo; pero considera si es mejor abandonarte tú mismo o abandonar algo que te pertenezca.

¡Le agradeciera a Dios que hubieses permanecido en el estado de tu nacimiento y que la fortuna no te hubiera levantado tanto! Pero la prosperidad, gobiernos y magistraturas, con las esperanzas que les acompañan, te han impedido contemplar las dulzuras de una vida apacible y tranquila; todavía obtendrás cargos más importantes y éstos te atraerán otros; pero ¿cuál será el fin? ¿Qué esperas para descansar? ¿Conseguir todo lo que deseas? Nunca llegará ese momento.

Las causas que producen las pasiones forman un encadenamiento parecido a las que producen el destino; las unas toman origen en el fin de las otras. Te has entregado a un género de vida que te mantendrá cautivo siempre; sacude el yugo; mejor sería romperse el cuello de una vez que tenerlo siempre cargado.

Si te encierras en la vida privada, todo te parecerá más pequeño, pero te satisfará completamente; mientras que ahora multitud de cosas que se te ofrecen por todas partes no pueden contentarte. ¿Prefieres la abundancia que no llena a la escasez que sacia? La felicidad es ávida y está expuesta a la codicia de los otros; y así como nada puede saciarte, tampoco saciarás tú a los demás.

Me dirás: «¿Cómo saldré?». De cualquier modo. Considera cuántas cosas has emprendido por adquirir honor y riquezas: también es necesario emprender algo para adquirir la tranquilidad o bien decidirse a terminar en la vida, en el movimiento de los negocios y en el tumulto de los cargos públicos agitado por continuas oleadas que ni la agudeza de tu ingenio ni la dulzura de tu carácter podrían evitar.

Mas ¿de qué sirve que quieras descansar? Tu fortuna no lo permite. ¿Qué será, pues, si todavía la aumentas? Este aumento solamente servirá para multiplicar tus temores.

Quiero recordarte en este punto una buena frase de Mecenas, cuya verdad justificó con su propia experiencia. «La mucha altura se asombra a sí misma». Me preguntas en qué libro lo ha dicho: en el que se titula Prometeo. Esto quiere decir: «La mucha elevación asombra». ¿Existe alguna grandeza en el mundo que merezca que se pronuncien tan extrañas palabras? Aquél fue un hombre ingenioso que hubiese dejado, sin duda, un gran ejemplo de elocuencia romana si no le hubieran enervado las riquezas, o mejor dicho, castrado.

Igual suerte alcanzarás si no arrías velas y saltas a tiempo (como aquél intentó hacer demasiado tarde) a tierra firme. Podría con esta sentencia de Mecenas dar por pagada mi deuda contigo; pero, si te conozco bien, me promoverías un pleito, no queriendo que te pague en moneda nueva, aunque de buena ley. Es necesario, pues, que tome otra de Epicuro.

«Debes cuidar —dice— de aquellos con quienes tengas que comer y beber antes de ver qué vas a beber y a comer, porque saciarse de viandas sin la
compañía de un amigo es vida de león o de lobo».

Pero esto no te sucederá si no te retiras, porque verás comer a tu mesa todos aquellos a quienes el nomenclátor de tu casa elija entre la turba que acuda a saludarte. No es en una sala donde se hace amigos; no es en la mesa donde se les prueba.

La mayor desgracia del hombre que tiene altos empleos y grandes bienes, es tener por amigos aquellos de quienes no lo es él, imaginando que los favores que les dispensa tienen bastante eficacia para granjearse su amistad, a pesar de que existen personas que aman tanto menos cuanto más tienen que agradecer.

Si prestas una cantidad pequeña, te haces un deudor; si prestas una grande, te haces un enemigo. «¿Acaso no servirán los beneficios para crear amigos?». Sí, sirven para ello si has sabido elegir personas dignas de recibirlos; si has dado con discernimiento y no a la aventura. Así, pues, mientras ordenas tu conducta, sigue el consejo de los sabios y atiende menos a lo que das que a quien lo recibe.

Adiós.


Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

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