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220. Séneca no era tan diferente de nosotros

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El título original de esta carta de Séneca es «DEBEMOS ACOSTUMBRARNOS A LA FRUGALIDAD. -DEBEMOS DESPRECIAR A LOS LIBERTINOS». A parte del mensaje que nos hace llegar el propio Séneca, con esta carta quiero hacer ver que él no era tan diferente de nosotros. Me explico.

Séneca, a pesar de ser uno de los maestros del estoicismo, pertenecía a la clase alta y tenía sirvientes. No pretendo hacer de esto una crítica, sino hacer ver a Séneca como una figura más cercana a nosotros, que hoy tenemos algunos lujos de los que no podía disponer el mismísimo emperador de Roma.

Y con este símil, no ver a estos estoicos antiguos como modelos de vida inalcanzables, sino como ejemplos más cercanos y por tanto, más fáciles de imitar en su forma de vida. Por supuesto, que cada cual elija hasta dónde. En un extremo tenemos a Diógenes, que era más minimalista que tú y vivía en una tinaja y en el otro a Marco Aurelio, el mismísimo emperador.

Vamos con la carta de Séneca:

He llegado a mi casa de Albano muy avanzada ya la noche, fatigado por el camino, más incómodo que largo. Nada encontré preparado más que mi apetito, por cuya razón me acosté para descansar y esperar con paciencia la tardanza del cocinero y repostero, pensando que nada hay molesto cuando se recibe con moderación, ni nada que nos desagrade si no consentimos en el desagrado.

¿No tiene pan mi repostero? lo tendrán el mayordomo, o el arrendatario, o los colonos. -Pero ese pan es malo, dirás. -Espera y será bueno; el hambre te lo hará encontrar blanco y tierno, con tal que no comas hasta que ella te lo mande. Esperaré, pues y por este medio no comeré hasta que tenga pan bueno o no me disguste el malo. Necesario es acostumbrarse a contentarse con poco. Muchas dificultades de tiempo y lugar impiden a veces a los grandes, por bien provistos que estén, comer a la hora ordinaria. Nadie puede tener lo que desea, pero todo el mundo puede dejar de desear lo que no tiene y recibir alegremente lo que se presenta.

Muy ventajoso es tener estómago obediente y acostumbrado al hambre. No podrás comprender cuánto me he alegrado de que mi cansancio haya desaparecido por sí mismo. No busco unciones, ni baños, ni otro remedio que el tiempo. Lo que adquirí en el trabajo desapareció con el descanso.

Mi parca cena me ha deleitado más que un festín, porque al fin me he experimentado en una ocasión inesperada y, por tanto, sencilla y verdadera. Cuando nos encontramos preparados y dispuestos a la paciencia, no podemos conocer con certeza hasta dónde llegan nuestra moderación y firmeza. Mejor lo apreciamos cuando se nos sorprende, si no nos hemos irritado, ni siquiera conmovido, al encontrar algo desagradable; si no hemos pasado hasta la cólera y quejas; si hemos suplido a la falta de lo que debían servirnos, no deseándolo o considerando que lo que faltaba a nuestro servicio ordinario no faltaba a nuestro apetito.

No se para a pensar en la superfluidad de muchas cosas hasta que faltan. Nos servíamos antes de ellas porque las teníamos, no porque debíamos tenerlas. ¡Cuántas cosas tenemos solamente porque otros las tienen! Una de las causas de nuestros vicios es que vivimos imitando a otros, no dirigiéndonos la razón, sino arrastrándonos la costumbre. Lo que no querríamos hacer si lo hiciesen pocos, lo imitamos cuando lo hacen muchos (como si fuese honesto por ser frecuente), sirviéndonos de razón el error cuando se ha hecho público.

No se viaja hoy sin que precedan númidas y correos, porque es cosa torpe no llevar a nadie que separe los transeúntes y levante polvo para anunciar que viene una persona importante. Todos tienen ya mulos para trasportar sus vasos de cristal y de ágata y los platos cincelados por los mejores artífices y no sería elegante carecer de muebles que puedan romperse al moverlos; se lava con licores el rostro a los jóvenes reservados para el placer, cuando salen al campo, por temor de que el sol o el frío perjudique a su delicado cutis y torpe cosa es no llevar en la comitiva ninguno cuyo rostro necesite estos preservativos.

Necesario es evitar la conversación con todos éstos, porque ellos son los que deslizan y propagan el vicio. Se creyó antes que los hombres eran aquellos que propagan las palabras, pero he aquí otros que propagan los vicios. La conversación de éstos es perniciosa, porque suponiendo que no perjudique en el acto, derraman en nuestro corazón un veneno que se hace sentir poco después. Así como aquellos que escucharon una sinfonía llevan en los oídos la armomonía que les deleitó, impidiendo todo pensamiento y meditación seria, así la conversación de los aduladores y de los que ensalzan las cosas depravadas, por poco que se les escuche, persevera mucho tiempo en la memoria.

No es fácil olvidar una conversación que nos agradó; si desaparece, vuelve por intervalos a nuestra mente. Por esta razón, es necesario cerrar los oídos a los malvados en cuanto empiezan a hablar; porque cuando han comenzado y ven que se les escucha, cobran audacia y al fin se permiten decir que la virtud, la filosofía y la justicia son nombres vanos que hacen ruido en el mundo, pero que la única felicidad consiste en vivir agradablemente, hacer lo que se quiere y gozar del caudal, esto es, vivir y recordar que somos mortales.

Pasan los días y la vida corre sin que se la pueda detener. ¿Por qué vacilamos en satisfacer nuestros deseos y conceder a nuestros sentidos toda clase de placeres, mientras son capaces de saborearlos y nos los pide la edad? ¿Por qué anticipar con la sobriedad el rigor de la muerte y privarnos ahora de lo que ella nos quitará algún día? No tienes amiga ni mancebo que la cause envidia; sales todas las mañanas en ayunas y comes como si diariamente hubieses de dar cuenta de tus gastos: eso no es vivir, eso es ver vivir a los demás, iQué locura privarse de todo y reunir caudal para un heredero, para hacerse un enemigo por lo considerable de la herencia, enemigo que se alegrará tanto más de tu muerte cuanto más le aproveche! En cuanto a esos tristes y suspicaces censores de la vida ajena y enemigos de la propia, a los que podríamos llamar pedagogos públicos, no los atiendas y prefiere siempre la buena vida a la buena fama.

No menos deben huirse estas palabras que aquellas cerca de las cuales no quiso pasar Ulises sin taparse los oídos. Tanto poder tienen como éstas y hacen olvidar padres, amigos, virtud, llevando a vida torpe y miserable. Mejor es seguir el camino recto y llegar al estado en que agrade más lo honesto. Esto lo conseguiremos si consideramos que todas las cosas que nos atraen o repelen son de dos géneros: nos atraen las riquezas, los placeres, la belleza, los honores y todo lo que encanta y lisonjea a los sentidos; nos repelen la muerte, el dolor, el trabajo, la ignominia, la pobreza. Necesario es que nos acostumbremos a no desear las unas y a no temer las otras. Luchemos en contra suya; huyamos de las que nos llaman y resistamos a las que nos ataquen.

¿No ves cuán distintas son las actitudes de los que suben y de los que bajan? Los que bajan inclinan el cuerpo hacia atrás; los que suben hacia adelante; porque inclinándose hacia adelante al bajar y hacia atrás al subir, es hacer, caro Lucilio, lo que hacen los viciosos. Se desciende hacia los placeres; se sube hacia lo duro y difícil: para esto es necesario dar impulso al cuerpo; para aquello contenerlo.

¿Crees que digo que solamente debemos cerrar los oídos a aquellos que ensalzan las voluptuosidades y que inspiran horror a los dolores, que demasiado temibles se hacen por sí mismos? Considero que no es menos peligroso escuchar a aquellos que con autoridad de estoicos exhortan al vicio. Éstos dicen que «solamente el sabio y docto sabe amar; solamente él posee el arte de beber y de comer bien. Preguntémosle hasta qué edad han de ser apetecibles los mancebos.»

-Pero dejemos esto a los Griegos y prestemos oído a los que nos dicen que «nadie es bueno por casualidad y que es necesario aprender la virtud; que la voluptuosidad es cosa baja y despreciable que nos es común con las bestias y a ella se precipitan hasta los últimos y más miserables; que la gloria nada tiene de sólido y estable; que es viento que pasa; que la pobreza solamente es incómoda a los que no saben soportarla; que ni la muerte misma es un mal. ¿Cómo ha de serlo, si constituye el derecho común de todos los hombres? Que la superstición es loco error que teme lo que debe amar y que ofende a lo que reverencia, porque ¿qué diferencia existe entre negar que hay Dioses y deshonrarlos?» Esto es lo que debemos aprender y aprender bien, porque la filosofía no debe proporcionar excusas al vicio. Ninguna esperanza de curación debe tener el enfermo cuando el médico le exhorta a la intemperancia. Adiós.

Como decía al principio, con esta carta, trato de acercar a Séneca y al estoicismo. Ya vemos que para incluir ciertas cosas del estoicismo en nuestro día a día no es necesario ser Leónidas defendiendo el paso de las Termópilas.

Si quieres tener todas las cartas de Séneca a su buen amigo Lucilio en papel o en formato digital,
las encontrarás en el libro Cartas de un ESTOICO.

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