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120. Nacidos para correr… y para caminar (parte II)

Esta frase se hizo famosa con el libro de Christopher McDougall del mismo nombre. Aunque si nos comparamos en velocidad con otros mamíferos damos pena. Usain Bolt, el hombre que más rápido ha corrido jamás, lo hizo a menos de 40km/h durante menos de 10″, un león cualquiera va al doble de velocidad durante 4 minutos.

Somos lentos, pero resistentes. Somos los peores corredores de velocidad entre los mamíferos, pero los mejores corredores de fondo. Ya vimos algunas adaptaciones en 104. Nacidos para caminar… y para correr (parte I), como piernas más largas y fuertes, un talón más robusto, mayor altura para disipar el calor y la pequeña maravilla de ingeniería para mantener la humedad que es nuestra nariz. Pero hay adaptaciones más específicas que nuestros antepasados, anteriores a H. Erectus, no tenían. Vamos a verlas.

Adaptaciones para correr

Partimos de la base de que son adaptaciones que aparecieron en nuestro antepasado Homo Erectus (el siguiente eslabón después de Australopithecus) y que a día de hoy persisten en nosotros. (Si no tienes muy claro tanto nombre raro y te apetece saber un poco más sobre nuestra historia evolutiva echa un vistazo a 89. El viaje evolutivo: del simio al Homo Sapiens).

Tenemos que tener en cuenta que algunas de estas adaptaciones tienen que ver con soportar mejor el calor, dado que se produjeron en la cálida sabana africana.

Cabeza

Empecemos de arriba para abajo. Podríamos pensar que las adaptaciones para correr sólo las encontraremos en las piernas, pero en nuestro cuerpo unas partes repercuten a otras y en el caso del impacto producido por la carrera esto se magnifica, lo que dio como resultado una cabeza más estable y unos órganos del equilibrio preparados para el nuevo reto de la carrera.

Al caminar (y correr) erguidos nuestro cuello pasó a estar unido a la base el cráneo y cuando corremos no podemos estirar y flexionar el cuello para estabilizar la cabeza como hace nuestro perro o cualquier cuadrúpedo. En cambio, nos adaptamos agrandando nuestros órganos del equilibrio en el oído que hacen que se compensen estos movimientos para que no ver movido. Algo así como lo que pasa cuando queremos grabar con el móvil y vamos corriendo, que la cámara no es capaz de corregir esos botes (aunque esto también va evolucionando 🙂 ).

La siguiente adaptación que ayudó a la estabilidad de la cabeza fue el ligamento nucal, una especie de tensor que va desde la parte trasera de la cabeza a los brazos y que apareció en los primeros homo.

Un culo más robusto

¿Sabes cuál es el músculo más grande de nuestro cuerpo? El glúteo mayor, lo que viene siendo el culito. Los antecesores de H. Erectus tenían un glúteo mayor más pequeño. Nosotros activamos este músculos principalmente esprintando, pero se cree que se desarrolló gracias a la carrera de larga distancia ya que los antepasado a H. Erectus también esprintaban y posiblemente más que éste. Además, al caminar apenas activamos el glúteo, es cuando echamos a correr cuando más se activa impidiendo que el tronco se incline hacia delante.

Por lo tanto, podríamos decir que uno de los ejercicios que más activan el glúteo mayor es esprintar erguido (como lo hacemos los H. Sapiens).

Dedos más cortos

Parece ser que tener unos dedos del pie más cortos no hace mucha diferencia al caminar, pero sí que se nota al correr (estudio). Lo que hace suponer que son una adaptación directa para este fin.

Sudoración

Tenemos una peculiaridad que nos hace diferentes al resto de mamíferos: el gran número de glándulas sudoríparas, que es por dónde sudamos y gracias al sudor nos podemos refrigerar. Los mamíferos suelen tenerlas sólo en las palmas de la mano, aunque también hay otros simios que las tienen por todo el cuerpo, pero en un número mucho menor a nosotros, porque hubo un momento en nuestra evolución que se disparó el número de estas glándulas. Esto va ligado a la pérdida del pelaje en nuestro cuerpo, éste protege también del sol, pero no refrigera, un punto clave de porqué somos los mejores corredores de fondo entre los mamíferos. Ellos tienen que refrigerarse jadeando.

Los muelles de nuestros pies

A la hora de correr almacenamos la energía del aterrizaje para impulsarnos como un muelle al despegar nuestro pie del suelo. Esto ocurre siempre y cuando aterrizemos de antepié y no con el talón, lo que será difícil de hacer con calzado amortiguado con drop.

Aquí podemos apreciar las diferencias de impacto al aterrizar de talón y cómo esto frena la inercia que aprovechamos. (Para más información echa un vistazo a Diferencias de impacto y pisada entre correr descalzos y calzados o al episodio 56 del podcast).

Esta energía se almacena principalmente en el tendón de Aquiles y en el arco plantar, más concretamente, en torno a un 35% en el tendón de Aquiles y un 17% en el arco plantar. Nuestros primos los chimpancés, con los que compartimos el 98,8 % de nuestro ADN, tienen un tendón de Aquiles de 1cm de longitud, el nuestro tiene 10 cm y es más grueso. Además nuestros antepasados anteriores a H. Erectus apenas tenían arco plantar.

Estos muelles naturales apenas actúan cuando caminamos, pero sí lo hacen a la hora de empezar a correr haciendo este gesto mucho más eficiente. Lo que junto al resto de adaptaciones nos dio la capacidad de cazar a nuestras presas agotándolas a la carrera, algo épico y casi increíble, que a día de hoy todavía siguen haciendo algunos pueblos primitivos y que veremos en la tercera parte. (próximamente)

Tanto la teoría de la caza de persistencia, como la recopilación de todo este número de adaptaciones, son trabajo de Daniel E. Lieberman, que recoge en su libro La historia del cuerpo humano. Son teorías, tenemos indicios de que los tiros van por ahí, pero no podemos asegurarnos al 100%, poco a poco los descubrimientos arqueológicos van arrojando cada vez más luz a nuestro pasado, afianzando lo que ya sabemos o cambiándolo… Y para muestra un botón: hace un tiempo en la primera parte de este artículo os decía que las primeras huellas bípedas tenían 3 millones de años de antigüedad. Ahora se acaban de descubrir unas con el doble de tiempo…

Pisadas de un bípedo de hace 6 millones de años (fuente).